Reseñas Históricas: Conoce más sobre este destino
Ciudad musical
Ubicada a orillas del lago Llanquihue, Frutillar es probablemente una de las ciudades más hermosas del sur de Chile. Habitada en sus orígenes por comunidades del pueblo huilliche, que se establecían de forma estacional en la cuenca, el nacimiento formal de la ciudad ocurrió el 23 de noviembre de 1856, bajo el impulso de la ley de colonización liderada por Vicente Pérez Rosales.
Entonces, decenas de familias de colonos alemanes llegaron a estas tierras indómitas, instalando parcelas, muelles y talleres. Con el esfuerzo de los nuevos habitantes y la mano de obra local, el poblado floreció rápidamente como un puerto de embarque clave para el comercio de maderas, cueros y granos que conectaba con Puerto Montt y el resto del país.
El paisaje de Frutillar es una de las grandes postales del sur, caracterizado por una perfecta combinación de lagos y volcanes, con suaves lomajes verdes, jardines coloridos repletos de flores y una arquitectura de madera de estilo centroeuropeo crean una atmósfera de quietud muy particular. La vista desde su costanera de playas de arena oscura, con el volcán Osorno, Calbuco y Puntiagudo de fondo, es ciertamente idílica.
En los últimos años, Frutillar ha experimentado una notable diversificación gracias a su nombramiento como Ciudad Creativa de la Música por la UNESCO, en 2017. Esto ha consolidado un fuerte ecosistema en torno al turismo de alta gama, la hotelería, la gastronomía especializada en repostería tradicional alemana (como los famosos kuchenes) y las industrias culturales, que tienen en el Teatro del Lago, construido sobre el Llanquihue, uno de los espacios más emblemáticos de Chile para el desarrollo de diversas expresiones artísticas. Este lugar cobija cada año a las afamadas Semanas Musicales de Frutillar, que llena de energía esta pequeña, pero siempre fascinante ciudad del sur.
UN DATO CURIOSO
La colonización de la cuenca del Llanquihue está contada en un sitio imperdibles de Frutillar: el Museo Colonial Alemán. Se trata de una epopeya que refleja la asombrosa adaptación de los inmigrantes europeos a los recursos de la selva valdiviana. Al llegar a mediados del siglo XIX, los colonos intentaron replicar las técnicas de construcción de sus tierras natales, pero se encontraron con que el clima sureño y las maderas locales exigían cambios drásticos. Un ejemplo de este sincretismo son las clásicas tejas de alerce que recubren los techos y fachadas de sus casonas patrimoniales: una técnica indígena huilliche que los colonos adoptaron e integraron a sus diseños.
Frutillar

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